Sunday, July 05, 2009

Sé feliz, parte 2

Lo he estado intentando, de verdad.

Pero fue en relación a Sé feliz, que tuve recientemente una de esas caídas de la gloria que tanto evito y que tanto temo. Y tal vez alguien más que yo lo sepa, pero todo lo que temo, tal parece, ocurre. Así que me encontré escuchando que había estado mal mi acto de mencionar los acontecimientos ocurridos en los espiritistas, pues a los espíritus no les gusta eso.

Me acusaron de usarlo para satisfacer mi curiosidad, entre otras cosas que no entendí bien, y quedé muy confusa y herida con la acusación. Me acusaron de burlarme de los espiritistas.

¿Burlarme de los espiritistas? Incorrecto. Si de alguien me burlo, y me burlo, es de mí misma, o de la que fui. Esa persona que alguna vez quiso ser artista sin entender que para serlo hay que creer: en todo.

Por ejemplo, me dijeron "sé feliz". Y yo me pregunté, qué es eso. Y desde entonces, llevo una desbocada búsqueda de la respuesta a esta pregunta. En la búsqueda de la felicidad, he aprendido algunas cosas.

He aprendido, por ejemplo, que cada quien tiene un vocabulario diferente. Los espiritistas se conectan a seres, los cristianos ven ángeles, los psíquicos ven ¿muertos o auras? ¿Yo? Intento siempre ver el dolor que carga cada persona y la bondad de que puede ser capaz. Lo malo y lo bueno, lo oscuro y lo iluminado. ¿No es acaso lo mismo dicho de diferente manera?

He aprendido, por ejemplo, que creamos nuestra propia realidad. Los ateos dicen que se basa en lo tangible, los religiosos intentan describir con palabras lo intangible. Pero dentro de cada conversación sobre la realidad, o cada encuentro con los ángeles, existe el corazón y lo que siente en el proceso. Y este corazón, el mío, siente demasiado. Porque recoge cada tristeza, angustia, rabia y dolor ajenos, y los acumula y crea una realidad falsa porque a veces no puede despojarse de tantas realidades. Después de un tiempo y con una dosis de arte o de poesía, las suda y se limpia, sólo para volver a llenarse, o intoxicarse, cuando más realidades lo inundan. Pero he aprendido, y un día lograré que el amor puro transforme las palabras, los actos o las realidades hirientes en agua limpia. Y sé que mi amigo, cuando me acusa, sólo refleja su profundo dolor, su soledad, su miedo. ¿Por qué siento que me hiere entonces? Porque aún no he perfeccionado el método de poner la otra mejilla. Porque aún dejo que el exterior afecte mi interior. Pero tengo paciencia, y lo vuelo a intentar otra vez.

He aprendido, por ejemplo, que si cierras los ojos y sientes la energía de tu cuerpo, sientes los nudos que te causan dolor: en la garganta, justo en el medio entre los homoplatos, en el medio del pecho si me dibujas una cruz desde la tráquea hasta el púbis. Sientes también dónde no corre la energía y se ve transformado el físico: mi pierna derecha. Pero los estoy desenredando, porque también cierro los ojos para ver una realidad distinta cuando los abra.

He aprendido, por ejemplo, que la felicidad se encuentra, también, en el conjunto que forman los detalles. Un regalo de chocolate, una mano muy joven entre mis dedos, una taza de café, el color magenta y como se mezcla con el amarillo, la pareja de cisnes blancos en el parque, cuando una amiga recoge una flor tirada en el suelo y dice "pobrecita" y la devuelve a la cama de tierra junto a sus hermanas.

He aprendido, por ejemplo, que el perdón nivela el suelo cuando se está rodando cuesta abajo por una montaña alta y pedregosa.

He aprendido que el talento no es un regalo para guardar sino para compartir.

He aprendido que el bienestar fluye cuando le limpiamos el camino.

He aprendido que toda pregunta tiene respuesta, sólo hay que abrirle el corazón y saber escuchar.

Y aun sabiendo esto, todavía me hiere que alguien me diga alguna tontería. No tiene sentido.

"Sé feliz": me lo he tomado muy en serio. Aunque hablo otro idioma, no creo que los espíritus se vayan a enojar conmigo por haber tenido curiosidad. Ojalá que uno de ellos haya sido Einstein, él sí me entendería y les dejaría saber a los demás que aunque no sea tan reverente ni
hable su mismo idioma, los he estado obedeciendo sin parar. Pero no me pueden pedir que no escriba mi experiencia, ¿y entonces qué me queda? Tal vez deba ser más literaria. O más poética. Siempre hay opciones para confundir a los espíritus. Sin embargo, elijo ser sincera. Y le pediré a Einstein, Octavia Butler, Billie Holiday, Frida Kahlo, Matisse, mi abuela, y sobre todo a María Magdalena, que me protejan contra los lenguaslargas.

1 comments:

raquelzrivera said...

¡Pero qué pantalones! Como si tú no fueras dueña de tus sentimientos y experiencias. Ah, ¿así que las escritoras no puedes escribir lo que tienen en el corazón?

Para colmo lo que tienes en el corazón es bonito, noble y juguetón. El que no lo entienda... pues que no entienda.

Además, los espíritus iluminados tienen excelente sentido del humor. Ellos sí entienden y no se enojan por boberías. Estoy segura que les encantó tu escrito.