Sunday, May 28, 2006

Feminismo, moralidad y sexo: ¿Cuanto hemos realmente avanzado hacia la liberacion de la creatividad?

Hoy domingo abrí los ojos y mi cuarto estaba lleno de luz. Estaba sola en la casa, miraba hacia los gigantes tragaluces bajo los cuales duermo, y mi cuerpo se negaba a deshacerse del sueño que lo paralizaba. Era como si quisiera obligar a mi mente a detenerse y ver la luz de una vez. Mi mente, la que nunca para, la que me traiciona yendo de Norte a Sur y de Este a Oeste sin cesar, tuvo que someterse a los designios de su frágil vasija en reposo.

Y pensé dos cosas: los últimos siete meses terminan aquí, los próximos siete años ya comenzaron. Ya no deambulo en el limbo de una mente atada al pasado y enfocada al futuro; ahora mi mente sabe que en el ahora encuentra su reposo.

¿Y cuál es el ahora? El ahora es la suma de los últimos siete intensos y dolorosos meses en que tuve que enfrentarme a la pérdida como nunca antes y durante los cuales también pude ganar quizás aún más de lo que perdí.

Lo que perdí fue mi inversión del pasado, quien fui. La gente me conoce como artista, poeta, la de la galería, la del periódico, la que ayuda, la que hace, la casada, la del edificio en Lexington, la mamá de Julián, la que trata de evitar el conflicto, la que se lleva bien con todo y todos. Esa fue la percepción de la gente y la mía propia, la imagen que me pintaba a mí misma cuando pensaba en mí. Y sin embargo resultó ser la imagen que se refleja en el agua estancada de un charco que se va secando. Los animales y el sol se bebieron las últimas gotas. La imagen ya no se puede ver.

Cuando me levanto por las mañanas sé lo que voy a hacer. Me bañaré, me vestiré, me maquillaré y tomaré café exactamente como me gusta: en greca, bien cargado, Bustelo, con leche evaporada, azúcar negra, en una taza ni muy grande ni muy chica, preferiblemente en compañía, hablando de cosas que no afecten demasiado el futuro, tomando poco a poco la dulzura amarga de la mezcla como se toman los días de una vida mejor que la de muchos y peor que la de algunos. Luego me iré en el tren hasta otro mundo, un mundo donde se vive peor que en el que despierto. Iré leyendo.

No sigo resumiendo mi día porque llegué a la clave de estos pensamientos: la lectura. No leí por muchos años. No leí porque tenía niño pequeño, porque caminaba al trabajo, porque no tenía tiempo, porque no tenía luz. La falta de luz era física. También era espiritual. La luz de mi espíritu se escapaba en la leche que mi hijo succionaba de mi pecho, en el cansancio de los días llenos de nada más importante que ese acto de maternidad responsable. Luego vinieron la galería, el cáncer, el arte, las lecturas, los artículos de periódico, el ritmo intenso en el que poco a poco me fui reconociendo en más facetas. Llegaron las amigas, "la tribu", y luego, cuando la vida me había dado todos eso sabores distintos, contradictorios e intensos, me regalé una bofetada de realidad cuando me dejé llevar hacia la cárcel del trabajo y la vida de la clase media una vez más. Fue mi respuesta a la presión, pero también a la idea de querer, de una vez, ver qué soy realmente.

Casa, trabajo, niño, tareas, cena, desayuno... comencé a escapar de esto que después de haber conocido "lo otro", la tribu, la creatividad, la libertad, me comenzaba a podrir el alma una vez más. Pero ya yo conocía lo que se siente ser.

Entonces tuve que leer. Aparecieron María Magdalena, Jung, el arte como medio de sanación. Aparecieron Helene Cixous, Ana Mendieta, y mis estudiantes (leo sus pensamientos obligados). Aparecieron las feministas de los 70s, las artistas que no querian ser vistas como mujeres, aparecieron las mujeres puertorriqueñas que demandaron sus derechos sexuales a principios del siglo 20, apareció mi madre transformada en heroína, aparecieron mis amigas y sus visiones, apareció la locura y la edad en que todas la expresamos a nuestra manera. Apareció la Diosa Oscura y tras ella la luz del alma reincendiada. Todo comenzó a regenerarse en símbolos, todo adquirió significado, todo me dijo por qué tengo que estar aquí ahora, en este instante y por qué, al caminar obligada hacia mi cárcel, encontré por fin la libertad.

La necesidad práctica de buscar información para el currículo de mi trabajo, me llevó a la tarea de buscar ensayos cortos relacionados a la creatividad. Mis intereses académicos son variados y sólo se pueden resumir con esa palabra creatividad. Comencé a buscar las visiones, problemas y percepciones de las personas creativas, preferiblemente en ensayos lo más corto posibles.

En los años 70, cuando el Movimiento Feminista estaba en pleno auge, una mujer llamada Linda Nochlin escribió un artículo para una reconocida revista sobre las artes neoyorkinas que tituló "Why Have there Been No Women Artists?". Ya que es el feminismo otro de esos temas recurrentes en las vueltas de mis pensamientos, escogí una parte del artículo para que los estudiantes lo leyeran. Tenía derecho a sólo 300 palabras, así que estaba extremadamente limitada. Sin embargo, animada por el tema del feminismo en las artes, me puse a buscar otras obras similares para encontrarme con todo un libro de ensayos de más o menos 300 palabras en respuesta al artículo de Nochlin. Me sentí ser la profesora más afortunada del mundo al resolver el problema del módulo de esa semana, sin imaginarme que los cortos ensayos me regalarían una "patada en el cerebro" para que me preparara para lo que estaba por venir.

Llegué al feminismo en las artes de manera casi inevitable. Tras pasar por la prehistórica Venus de Willendorf, el mito de Adán y Eva según el análisis de Merlin Stone (When God Was a Woman), Caperucita Roja antes y después de que la suavizaran, las Guerrilla Girls y la Lilith de Kiki Smith, los ensayos cortos no estaban por caer en oídos sordos. ¿Quiénes los escribían? Las artistas de los 70, las que mediante su arte se vieron obligadas a lucharse un lugar en un mundo que pertenecía a los hombres blancos.

La sobredosis de feminismo empezó a darme pesadillas. Estas mujeres, hace más de treinta años, luchaban por ser reconocidads por su trabajo, tomaban la decisión de no tener hijos para poder lograrlo y comparaban al artista a un hermafrodita en su capacidad de ser creativo sin sexo específico. Su posición, estuvieran de acuerdo o no con Linda Nochlin en la afirmación de que no ha habido grandes mujeres artistas debido a las restricciones que la sociedad impone en la mujer, con una carga adicional en la mujer de clase media que no se decide a dejarlo todo por una vocación con posibilidades casi nulas de éxito, parecía ser la misma: la mujer tiene que dejar de verse como "el otro sexo" y simplemente hacer su trabajo.

¡Qué fácil es decirlo, pero qué difícil es hacerlo! Como digna hija de una de esas mujeres liberadas de los 70, crecí pensándome sin limitaciones. Claro, estudié, viajé, me acosté con quien quise y trabajé... pero también me casé y tuve un hijo. Deberían vender alarmas que suenen cuando se entre inadvertidamente en territorio patriarcal. El problema es que nadie me preparó para el matrimonio.

Mis padres no sólo eran socialistas sino que se divorciaron cuando yo tenía nueve años, lo que no me dio demasiado tiempo para considerar si la cuestión era para mí. Mi padre se enorgullece de haber sido declarado "mujer honoraria" en algún momento temprano de su vida, mi madre nunca supo explicarme del todo por qué se ponía histérica cuando yo no llegaba a tiempo a la casa. El curso de valores puertorriqueños se volvió menos intensivo a los 15 cuando llegué a NY y comencé a pasar la mayoría de mi tiempo a solas mientras mi madre estudiaba su doctorado. No abusaba de su confianza, me portaba realmente "bien", pero creo que me hizo falta la familia extendida porque en algún momento me quedé en el limbo cultural.

Claro, una cosa es vivir en el limbo cultural en donde puedes hacer realmente lo que te dé la gana sin que nadie se entere ni le importe, y otra es el matrimonio. Comencé a idealizar la idea de un compañero, o más bien, la traía implantada en los genes, y a los veintipico me dio la "casadería".

Al principio todo fue más o menos bien, pero pronto me di cuenta de por qué mi madre me dijo un día que "iba a cambiar chinas por botellas". Bueno, ella tal vez no me lo dijo por eso, pero creo que al final tuvo razón. Para hacer el cuento corto, terminé con una casa, un niño y muchos deseos de poder hacer arte y demasiadas responsabilidades para lograrlo. Lo peor es que ahora me daba cuenta de por qué las mujeres de los 70 quemaron los brasieres y se cortaron el pelo lo más corto posible. Yo aún no había vivido lo suficiente. Me dejé llevar por las voces de una sociedad obsoleta y no supe reconocer los esfuerzos de mis predecesoras.

Me he dado cuenta, este año, a los 36 años, de que no soy ni feminista, ni moral, ni siquiera sexual. Y lo peor es que también me he dado cuenta de que soy todas estas cosas en potencia, de que las he sido en algún momento de mi vida, quizas todas a la vez, o sólo una, pero que en conclusión, por no ser nada de estas tres cosas importantes en la creatividad de la mujer, y no haberlo reconocido a tiempo, he puesto mi propio desarrollo como artista en peligro. Casi lo he matado.

Recuerdo que mi madre tenía una t-shirt que decía "Año Internacional de la Mujer" o algo por el estilo. Ella nació en 8 de marzo, así que celebraba ese día por "default". Ella estudió, ha trabajado la gran parte de su vida, y se divorció cuando tuvo que hacerlo, cuando su instinto le dijo que ya no podía seguir ahí. Que yo sepa no fue por ninguna de las razones por las cuales las mujeres se han divorciado a través de los años: maltrato, otra mujer, un hombre que no trabaja. Tal vez pudo haber sido la segunda, pero en el fondo, creo que en realidad fue porque yo vine al mundo por adelantado y porque entre los 21 y los 30 años hay un abismo enorme y dos mujeres distintas. Su sociedad la obligó a casarse a una edad en la que apenas salía de la adolescencia, en la que las ideas eran tal vez sólo eso: ideas sin experiencias. Pero el tiempo pasa, y una mujer de 30 años —calculo que era esa edad la que tenía cuando se matriculó en la UPR para hacer una maestría y se tiró a la vida para conocerla desde otra perspectiva— piensa, siente y quiere cosas diferentes. Ha dejado de ser una niña, la niña que nuestra cultura exige que seamos, aún hoy, indefinidamente. Empieza a darse cuenta de sus deseos, de su potencial, de que las ideas se van cuajando en experiencias que desmienten lo aprendido, o lo afirman, como en el caso del pensamiento feminista y su examen del papel de la mujer en nuestra sociedad. Y es cierto lo que dijo Linda Nochlin, la mujer de clase media (por educación más que por dinero) sigue teniendo mucho que perder. Tenemos casas que comprar y vender, hijos a quienes educar con la idea de darles una mejor oportunidad de competir en el mercado de la virilidad económica, tenemos carreras que cultivar, cuentas de banco que engordar, cuerpos que adelgazar y enjuvenecer, tenemos que malabarear con todo eso y más, y no dejar caer ni uno hasta que nos retiremos con una pensión a los 65 años cuando ya hayamos olvidado los 21 hace mucho rato y nos esté atacando la osteoporosis. Hemos heredado hombres que sinceramente creen que son feministas y respetan a su mujer. Lo creen, lo juran y perjuran, y no se dan cuenta de que sus mujeres siguen siendo las que más llevan sobre los hombros. Ellos hacen cosas en la casa "para ayudar." Y nos vuelven ogros insensibles a nosotras cuando protestamos porque estamos cansadas, porque es demasiado, porque no vale la pena, porque no podemos más. Entonces se cantan hombre buenos, respetuosos, comprometidos, olvidando, no, ignorando, que su compromiso incluye la igualdad.

El mundo se ha apoderado del antiguo lenguaje del feminismo y lo ha degenerado volviéndonos en dobles esclavas. Esclavas del trabajo, de los hijos, de la casa, del compromiso con hombres que asumen que es eso lo que las mujeres queremos. ¿Por qué nadie nos dijo a las hijas que las oportunidades profesionales se tornarían en una trampa? "Estudia, trabaja y alcanzarás tus sueños", "Una mujer que estudia no necesita quedarse con ningún hombre con quien no le vaya bien", "Los dos comparten las tareas del hogar", "Fifty-fifty"... eran los mensajes que implicaban los medios y las abuelas, las madres, los padres, los maestros y maestras. Nadie nos lo dijo porque no era ese el resultado deseado. Nadie pudo haber previsto que nos saliera el tiro por la culata. Las palabras tantas veces escuchadas se vuelven vacías cuando la realidad azota.

Y es cuando la realidad azota que entra en juego la moralidad. Una moralidad que aún no ha sido redefinida y que no ha dejado de ser el control de la sexualidad de la mujer. Es una ironía, ya que vemos mujeres desnudas por todos lados. Y sin embargo la sexualidad es tan inmensamente importante para la persona creativa que el simple hecho de que haya control aceptado de la identidad erótica de una mujer es inmoral de por sí. Pienso que no hablo sólo por mí cuando digo que al dejar escapar las ideas y volverlas arte, se genera un proceso creativo que incluye el ser entero, cuerpo, alma, espíritu y pensamiento fluyendo juntos en un orgasmo contenido. Y si ese erotismo fluye fuera del cuerpo y alcanza la materia, no se hará esperar la censura inmediata de hombres y mujeres. Sin embargo, basta con dar un paseo por el ala izquierda del Museo Metropolitano de Arte para darse cuenta de que es lo mismo que han sentido todos los que han dejado sus huellas en piedra, barro o pintura, desde la más antigua historia.

Moralidad, para mí, es el respeto de sí mismo y del prójimo, es no ir en contra de su naturaleza y aceptarse y nutrirse y abrirse los caminos hacia los propios sueños. Soy supremamente inmoral en este sentido y es por eso que abrir los ojos esta mañana ha sido como ver el cielo. El respeto por los demás y por mí misma son dos fuerzas constantes que se baten a muerte día tras día y sin tregua alguna en mi ser. Moralidad es aceptar la propia humanidad y procurar no hacer daño en el proceso. ¿Pero a quién se procura no hacer daño? Muchas veces ignoramos el daño propio con tal de no hacer daño a los demás. En mi definición, es inmoral que un artista deje de hacer arte porque se vuelve un suicidio del ser. Y yo, sin embargo, por no hacer daño a los demás, me falto el respeto y me prostituyo en labores con las que mato cada día un poco más de mi ser. Todo esto por no saber liberarme, por no saber cómo alcanzar, y aceptar, la igualdad.

No me interesa descifrar si las mujeres tuvieron igualdad alguna vez en la prehistoria. Tampoco me interesa saber si fueron más fuertes que los hombres y si en realidad en el norte de África o en el Medio Oriente existió una cultura de amazonas que encargaban a los hombres de los hijos y los trataban con serían tratadas las mujeres en el futuro de la humanidad. Pero sí me interesa obtener la igualdad por la que lucharon tantas mujeres en el siglo XX, porque de otro modo su esfuerzo sería en vano. Ellas fueron morales y es a eso a lo que aspiro ser.

Y es cierto, no soy feminista, ni moral, ni sexual, pero aspiro a serlo y sé cómo lograrlo: avanzado hacia la liberación de la creatividad. Respetando los deseos del espíritu creativo que me habita y efervece cuando le quito el cinturón de castidad y lo dejo que se extasíe en el goce de ser y estar. Miro hacia atrás y veo muchas vidas cuyo sacrificio sería en vano si yo, nosotras, no nos encargamos de completar el proceso de interacción egalitaria entre los sexos, de enseñarle a las más jóvenes a no entrar a ciegas en las trampas de la vida diaria sin antes conocer la luz de su ser interior y creativo. Tal vez podríamos dibujar un mapa de adentro y otro de afuera. Dibujaríamos un cuerpo femenino y otro masculino en papel transparente. Los llenaríamos de palabras, recuerdos, lecciones. Luego los pondríamos uno sobre el otro al azar y los colgaríamos en el centro de una gran sala a la que hubiera entrada libre. Sería esa la universidad de la vida, y debajo de los dos cuerpos colgantes, habría muchos lápices de colores. Cada quien escogería dónde escribir, dónde leer, caminaríamos a su alrededor y tragaríamos las ideas hasta convertirlas en parte de nuestra carne. Tal vez entonces lograríamos no olvidar las lecciones del pasado y ser verdaderamente morales. Creceríamos y criaríamos con ese conocimiento y de nuestra nueva esencia sería testigo el progreso de la humanidad.

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