Los viernes vuelvo a ser yo.
Comparto con amigos, voy a museos, voy a restaurantes, camino por las calles de Nueva York (que los viernes son más brillantes) y tomo café de tarde. Dejo de ser profesora, y tantas otras cosas, soy incluso, un poco menos madre ese día.
Los viernes, a eso de las 6 o 7 de la tarde, suelo terminar de ser yo, y me veo obligada a regresar a la casa y a darme cuenta de todo lo que falta por hacer en ella. No puedo evitar entonces reconocer la imposibilidad de esa tarea.
Este viernes, sin embargo, no regresé. En serio, si volver a la una y media de la mañana es regresar al otro día, me gustaría decir que el viernes no regresé.
Y no regresé porque me quedé en casa de mi amiga Raquel, esa con la que comparto tantas penas y glorias, tantas ideas y proyectos, tantos cafés de sábado por la mañana. Nos reunimos con otros, Sheila, Sandra, Jorge, José, a hablar del tema que nos quema en los últimos tiempos: María Magdalena.
Raquel y yo llevamos años hablando de María Magdalena, viendo imagenes, inventando un proyecto, definiendo lo que significa esa figura en nuestra vida y por qué nos atrae tanto. Fueron las conversaciones con ella las que inspiraron el ensayo que aparece en el post previo y que luego se convirtió en el ensayo de Raquel, y que el viernes, culminó en una conversación que duró seis horas, no, un poco más, y de la que salí como si hubiera visto la luz después de mucho tiempo en el sótano.
En el librero de Raquel, en el último estante, estaba la última María Magdalena que pinté y que terminó llegando a casa de Raquel a hacer su trabajo protector y edificante. Ahí estaba, donde debía estar, acompañando a la amiga que en muchos sentidos sirvió de inspiración para las imágenes.
Pero la conversación no se trataba de imágenes, por lo menos no de mis imágenes. Se trataba del encuentro entre seis personas que de alguna manera habíamos llegado hasta ahí y que traíamos con nosotros distintos conocimientos e intereses que unimos para formar un conocimiento mayor y nutritivo. Jorge, a quien había visto un par de veces pero no conocía del todo, llegó blindado con libros y datos del cristianismo que iban desde su experiencia como monaguillo a su interés por la gnosis. Sandra llegó interesada en el tema y terminó contándonos su sueño de ballenas y la abuela Testigo de Jehová, que nos hizo recordar nuestros propios sueños. Sheila, cuya experiencia con el espiritismo científico en la niñez nos llevó a imaginar la mesa blanca y su abuela "casi" medium, nos presento la conexión entre el personaje de María Magdalena, su historia y nuestra propia historia como seres extraordinarios en una sociedad que insiste en las clasificaciones comunes. José trajo sus extensos conocimentos sobre el gnosticismo y el papel de María Magdalena en el cristianismo temprano que confirmó lo que ya Raquel y yo percibíamos sin saber: su estátus como persona que alcanzó la cristificación. Raquel nos dio sus canciones, sus preguntas, sus experiencias con el protestantismo y su visión de María Magdalena como puente reconciliador y sintetizador de los caminos de ella misma, y nosotros, hacia Dios. Yo mi abrazo a la idea de que haya una mujer con poder creativo en el cristianismo, y así, un eslabón encontrado en nuestra historia, y la propuesta de reconocer creatividad como ejercicio de espiritualidad. Todos, la confirmación de que, a pesar de ser tan distintos, podemos también ser tan iguales.
Éramos todos, en esos momentos, exiliados que se habían encontrado una vez más en su tierra. Encontramos, por unas horas, la comunidad fraternal que nos falta a los que nos negamos a aceptar lo dictado, lo escrito, lo no escogido. María Magdalena nos guió por sueños, nos llevó al ánima sola, nos enseñó sobre Sofía, nos presentó una nueva visión de Eva, nos unió en la inevitables y claras sincronías que nos llevaron a compartir las botellas de vino, dulces y comida con que degustamos las ideas.
Nos despedimos con una canción de Raquel, acompañada de la voz de Sandra y de los otros. Nos llevamos, entre todos los regalos de la noche, la certitud de pertenencia, el placer de saber por un momento que hay otros como nosotros, que no soñamos solos en este mundo donde cada día es más difícil encontrarse.
l(and ar)t
5 hours ago

1 comments:
Lo que experimente esa noche fue magico. Tu exposicion de lo ocurrido es exacta. Lo interesante es que no tomaste notas. Lo que pude percibir entre todos los presentes fue que la vision de Magdalena se convirtio en ese tan anhelado vinculo entre la realidad cotidiana y lo sagrado. Lo sagrado que vive en todos nosotros. Esa sagrada cruz entre lo carnal y lo espiritual. La endemonizada que ha sido santificada en la confirmacion de lo humano dentro de nosotros. Ese es el valor de Magdalena en nuestras vidas. Que una persona "igual que yo" pudo alcanzar la pureza. La pureza tiene una relacion directa con la armonia y la paz interna. Su esposo nos enseno a ser puros, que en nosotros, en lo interno, exista la paz y la armonia que existe donde hay pureza. Magdalena fue y es pura en ese sentido. Magdalena es "nuestro igual" entre los santos. Esto coloca nuestro anhelo de pureza comun a todos, dentro de los parametros de lo posible. Magdalena es Diosa, Maestra y Cristo. Desde la pureza de su templo-corazon aflora, irradia y fulgura lo dorado, lo Solar y Cristico. Magdalena es fuego (donde se trasmuta alquimicamente el plomo en oro o una persona que se arrastra por el lodo de sus temores mas traicioneros en un ser dorado y dispuesto a no esperar que la felicidad llegue sino que se la arranca a la vida). Del fuego sagrado de la mujer (crisol de maestros) fulgura la luz del Cristo interno. Magdalena se hizo de esa Fuerza, Energia. La encontro y la libero de todos aquellos impedimentos creados por ella misma. Ella triunfo, salio victoriosa. Logro aprehenderla.
Segun la interpretacion oficial del Genesis, Eva nos entrego al pecado y Jesus nos libero. Para algunos, "Adan" produjo nuestra expulsion del Eden y Magdalena nos mostro el camino de vuelta.
!?Pero es imposible que una mujer pueda hacer algo como eso...?!
Temploluz
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